LA SERETA DE TILO 08/JUN/2010
Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,
Muchos probablemente achacan a la militancia el desaguisado que se ha organizado en este país, pero nada como la obediencia define hoy la vida pública española. Muchos militantes de izquierdas desconocen la existencia del Manifiesto Comunista dictado por Carl Marx y Friedrich Engels allá por 1848, pero permítanme parafrasear la primera frase que en el mismo aparece para significar que un fantasma recorre España: el fantasma de la obediencia.
Y es que, con pocas y honrosas excepciones, miles de personas que desempeñan diferentes funciones públicas han descubierto que la obsequiosidad perruna hacia quien manda -esa obediencia sin asomo de crítica, duda o discrepancia- es la garantía más segura para una fructífera carrera. Y no hablo, por supuesto, de la obediencia como obligación institucional o como lealtad debida, sino del sometimiento ciego y borreguil de quienes han aprendido la lección fundamental para seguir. Vamos, que el jefe -es decir, el que nombra o el que propone- tiene siempre la razón.
De este modo, y de nuevo con contadas excepciones, lo que, quienes mandan, esperan de ministros, consejeros autonómicos, diputados, concejales, militantes de partido y un larguísimo etcétera es que obedezcan sin rechistar, que alaben sus decisiones, que se coman todo consejo o disensión. Que rían las gracias, digan amén y no molesten con ideas. Montesquieu (y en este punto no puedo más que recordar a mi estimado oyente y amigo Luis) sostenía que los jueces eran «la boca que pronuncia la palabra de la ley». Remedando al pensador francés, la nueva teoría es que quienes ocupan un cargo deben ser la boca que pronuncia la palabra del que los ha puesto en donde están.
A tal punto ha llegado la situación, que sin esa epidemia de obediencia, que todo lo invade y lo corroe, es ya imposible entender la actuación de algunas instituciones, cuyos miembros están mucho más pendientes de agradar a quien los ha puesto en donde están y puede después recolocarlos, que de cumplir adecuadamente una función que exige plena independencia: el Tribunal Constitucional constituye hoy un trágico ejemplo de cómo la obediencia se ha convertido es nuestro país en la gran razón de Estado.
En su libro “Sobre la libertad” (“On Liberty” en su título original), de mediados del siglo XIX, concretamente publicado en 1859, el inglés John Stuart Mill explicó magistralmente que donde no hay originalidad, pensamiento crítico y, en suma, desobediencia, no hay progreso posible. “Los seres humanos no son como carneros”, decía Mill, quien consideraba las ideas diferentes “la sal de la tierra, pues sin ellas la vida humana sería una laguna estancada”. El genio “sólo puede alentar en una atmósfera de libertad”, repetía, para proclamar como resumen: “El poder de obligar a los demás a seguir a otro no solo es incompatible con la libertad, sino que corrompe también al propio hombre fuerte”.
Viniendo al presente, muchos recordarán como Alfonso Guerra advirtió un día que “quien se mueva no sale en la foto”, porque resultaba obvio que algunos se movían. Tal advertencia resulta ahora completamente innecesaria: nadie se mueve.
Por tanto, entre inmovilismo y agradecimientos varios, nos encontramos cercados por un ejército de borregos que trazan nuestro devenir. ¿Hasta cuándo van a seguir siendo obedientes?
Buenos días.
Carlos Abreu (laseretadetilo@gmail.com)