LA SERETA DE TILO

LA SERETA DE TILO                                         06/JUL/2010

 

Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,

 

La política como la guerra, es un negocio de ricos o poderosos. La guerra sólo puede declararla quién tiene recursos para comprar armas y contratar mercenarios. La política es más sofisticada: se vale del aparato de los partidos y sindicatos para convencer a las masas de que el cielo está en la tierra y el arcángel San Gabriel, general de las milicias celestes, guerrea de su parte.

 

Cuando merman las posibilidades electorales, los políticos buscan otros escaparates. Montilla se ha declarado insumiso contra la sentencia del Estatut, aunque la acata, porque teme que Artur Más y Durán i Lleida le quiten la silla. ZP, febril y optimista, había jurado a Maragall, que suscribiría lo que el Parlamento catalán aprobase. Ahora Montilla ve que se le escapa el sueño de su Cataluña con veguerías socialistas en las esquinas y butifarra a gogó en el Ampurdán. Desde el Gobierno, Caamaño contó las palabras de la sentencia y dijo que es oportuna. Y ZP, callado hasta ahora, dice que el fallo garantiza el autogobierno.

 

El griterío del Estatut no terminará en años porque el nacionalismo catalán necesita argumentos para respirar. Decir que el término del preámbulo no tiene valor jurídico sólo pueden creerlo los inocentes o los indocumentados. Las palabras nunca son neutrales y, en política, cada cual las interpreta según su interés y conveniencia. No habrá batalla en lo jurídico, pero estallarán guerras sucesivas en lo político.

 

Aquí todos han ganado menos Montilla que echa los perros al patio. La clave son, pues, las elecciones de este otoño. Aunque el texto del Constitucional aclare que sólo existe una nación española, Montilla y los nacionalistas usarán la bandera de la nación catalana para mover el personal. Los sollozos de Montilla van por ahí. Alfonso Guerra dijo no entender a su propio partido, y Pajín musitó que el texto "no rompe España", tal y como decía el PP. O sea, les dejas y acaban refundando la federal de Pi y Margall. Pero nada pasará si los catalanes siguen siendo bisagra y continúan llegando los fondos estatales a las Ramblas.

 

 

Mientras esto ocurría a orillas del Mediterráneo, en Madrid hubimos de padecer la huelga del Metro. Declarar esta huelga en este poblachón manchego de cinco millones, es declarar la guerra a obreros, funcionarios y clases medias que lo usan a diario. Es la revolución del caos y la calamidad. A los que tienen posibles, aparcan delante del restaurante y les abre la puerta el chófer, o mecánico, les da igual. Pero al pueblo le dan los sudores de la muerte si tiene que llevar el utilitario al tajo buscando un aparcamiento que no existe, jugándose la multa y la retirada de puntos. Más de 16 millones de personas han pasado por la estación de cercanías de la Puerta del Sol, corazón de la megalópolis, desde que se inauguró hace un año. Decían que la famélica legión si no tenían Metro que cogiesen un taxi. Es para flipar. Esta es huelga de asilvestrados y matones de barrio. Las asambleas fueron coros de amenazas y gritos de la más baja estofa, lo habitual entre quienes manejan el mundo sindical, por otra parte. Hacen ensayo, seguro, para la general de septiembre. La huelga es un derecho constitucional, pero negarse a establecer servicios mínimos, un delito. Un tal Vicente Rodríguez vomitó con fuego en los ojos: "Reventaremos Madrid", y no se inmutó. Tuvo que ser sustituido por Asensio, uno de CCOO, quien tampoco le fue a la zaga en el uso del lenguaje libertario. Es la prepotencia y ausencia de sensibilidad que tienen algunos. Actúan como si el paro perjudicase a banqueros, terratenientes e inversores de paraísos fiscales. La huelga hace polvo a los trabajadores de curre y bocata, es sabotaje al proletariado. El Metro de Madrid, uno de los mejores del mundo, también lo usan asiduamente gentes de corbata y ordenata, clases medias y ejecutivos.

 

El poder ya no está, como antes, en manos del Estado, ni en la Iglesia ni en la Banca: lo detentan centrales sindicales y liberados. Sus desafíos, sus estrategias para paralizar el país, sus coacciones, echan pulsos a la democracia. De Franco, guardan la memoria vertical de cuando tenían ministro en el Gobierno y ahora comen con Zapatero en La Moncloa. Su parcialidad es el trato diferente según se trate de una u otra Administración. A Felipe le hicieron dos huelgas generales. A Aznar, una. Con Zapatero han estado callados y contemplativos. Ahora se la montan a Esperanza Aguirre. Reventar Madrid es de otra época: tiempo de soviets, comités de lucha y resistencia, piquetes reventadores revolucionarios. A Esperanza, que aplica el mandato de Zapatero de rebajar el 5 %, se la tienen jurada. Es huelga política porque privan del transporte a los más necesitados. Tienen el puesto fijo y son dueños de vidas y haciendas. No tocan la razón, sino la amenaza bronca del piquete coactivo. Quizás sean necesarios (no es mi opinión), pero la sociedad está indefensa ante sus excesos. Aquí falla algo.

 

Ah, y que levante ya la niebla matinal de Los Rodeos aunque, menos mal, que siempre nos quedará el Reina Sofía.

 

Buenos días.

Carlos Abreu     (laseretadetilo@gmail.com)

0 Comments
Publicado el 06 Jul 2010 por Redaccion
Content Management Powered by CuteNews