LA SERETA DE TILO 24/JUN/2010
Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,
No hay reforma laboral de calado por el momento. La falta de liderazgo durante el proceso de concertación y la extrema incapacidad demostrada durante los dos últimos años han conducido al Gobierno a tener que tramitar la tan ansiada reforma como Proyecto de Ley. Para liderar algo se debe tener una visión clara de lo que se quiere hacer y por qué y, sin duda, este gobierno adolece de tal capacidad. No obstante, la pretendida reforma no puede ser un objetivo en sí misma, sino que debe contemplarse como una estrategia para alcanzarlo. Las prisas nunca fueron buenas pero, ante ineptitud tan manifiesta, las soluciones llegaron definidas desde el exterior, urgidas además por la elevada tasa de desempleo y la poca fiabilidad financiera del Estado.
El mercado laboral es capaz de asumir retoques periódicos, pero las reformas en profundidad se hacen cada 10-15 años. No puede ser de otra manera: la ley ha de tener vocación de permanencia para garantizar un modelo socioeconómico estable. Por ello, la decisión de aplazar el alcance de la reforma debe leerse como una oportunidad para diseñar estratégicamente el marco que regirá nuestro sistema de relaciones laborales en los próximos años.
La misión debería ser la de sentar las bases de un modelo flexible, no precario, de organización del trabajo, alineado con los países de la UE, no por un capricho posmoderno o por un torticero e ignorante interés neoliberal, sino porque sólo desde la integración plena y coherente en la UE podremos afrontar los desafíos de la globalización y mostrar sólidamente al mundo que es posible ser competitivo y también respetuoso con los derechos sociales.
La Reforma no puede estar maniatada por la herencia histórica del modelo económico especulativo que ha marcado nuestro crecimiento en los últimos años. Su visión ha de ser el futuro, la proyección de un nuevo contrato social basado en la innovación, el desarrollo sostenible y el fortalecimiento de la ciudadanía, no como conceptos vacíos y prostituidos por la avidez que establece el marketing, sino desde la formulación rigurosa que hicieron los filósofos clásicos y que nos empeñamos en reelaborar, cuando lo único necesario es llevarlos a la práctica.
Ha de modificarse el papel de la contratación temporal, no como medio para extinguir los contratos de menor coste o tener más tiempo para verificar si los trabajadores reúnen el perfil necesario para un puesto de trabajo. Para eso ya están el período de prueba y, sobre todo, el proceso de selección, el gran olvidado en la gestión estratégica de las personas. Tampoco para disuadir de su utilización, con indemnizaciones inocuas o para penalizarla de manera indiscriminada, cuando sabemos que su mal uso lo es sólo en determinadas comunidades autónomas y en algunos sectores. No hay merma real en los derechos de los trabajadores, si se trabaja seria y específicamente en la formación de los trabajadores temporales, se refuerzan los instrumentos de tránsito entre el contrato temporal y la ocupación y, de paso, se castiga contundentemente el fraude.
Ha de modificarse la regulación del despido. Se necesitan referentes claros en el despido procedente, en casos de absentismo, cambios en los métodos de trabajo o ante las necesidades poliédricas del mercado. En estas circunstancias, la indemnización podría reducirse, si se sabe convalidar con otras compensaciones, como la prestación por desempleo y la recolocación rápida. Si seguimos centrados en el coste del despido injusto, lo único que hacemos es poner precio al incumplimiento de la ley o, lo que es lo mismo, cuantificar el valor del Estado social y democrático de derecho.
Es crítico modificar la flexibilidad interna. Debe favorecerse la movilidad geográfica, incluso la trasnacional, a través de la integración de políticas laborales, fiscales y sociales, y permitir a las PYMES que condiciones laborales de valor estratégico, como el tiempo de trabajo y la retribución, puedan acomodarse a la evolución económica. Hasta ahora, no es la ley, sino la negociación colectiva sectorial (con alguna excepción), la que está privando a las empresas de esta flexibilidad o de la diversificación de respuestas ante la inherente diversidad de escenarios que se presentan durante su vigencia, y eso debe corregirse con contundencia.
Y un último apunte: es básico reformar radicalmente la prestación por desempleo, el mercado de la intermediación y las políticas activas. Para romper con la perversa lógica pasiva que impregna la cultura de algunos desempleados. Para reforzar los puentes de recolocación que garanticen el derecho al trabajo, tanto a los desempleados ocupables, como a los no ocupables. Y para escapar definitivamente de la lógica anticuada de la cooperación (ayudas económicas al desarrollo) y recomponer el problema estructural de la formación desde una óptica dinámica y de desarrollo permanente.
El fracaso de la concertación en esta atípica primavera puede conducirnos, todavía, a una solución óptima en otoño. Paradojas del cambio climático.
Buenos días.
Carlos Abreu (laseretadetilo@gmail.com)