IUC recoge firmas para "blindar" las pensiones en el Congreso
El portavoz de Izquierda Unida Canaria en Tenerife, Ramón Trujillo,
anunció hoy que su partido ha iniciado una campaña en defensa de las
pensiones públicas para lo que han iniciado una recogida de firmas que
se sumarán a la campaña estatal en apoyo de una Proposición de Ley que
pretende "blindar" por ley que la edad de jubilación no vaya más allá
de los 65 años; que el cómputo de la pensión no vaya más allá de los 15
años actuales y garantizar la revalorización de las pensiones en
función del Índice de Precios al Consumo.
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Publicado el 12 Jul 2010
Las instituciones gomeras 'plantan' a Rivero y lo dejan solo en el homenaje al Silbo
El teniente de alcalde del Ayuntamiento de Hermigua, Nicolás Almenara,
ha admitido este lunes que ningún
alcalde de La Gomera ni representante del Cabildo asistió ayer al acto
convocado en su municipio y en el que el presidente del Gobierno de
Canarias, Paulino Rivero, asistía a la misa conmemorativa de la
declaración del silbo gomero como Patrimonio de la Humanidad.
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Publicado el 12 Jul 2010
LA SERETA DE TILO
LA SERETA DE TILO 12/JUL/2010
Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,
Hace escasas fechas la hija de una amiga infringió alguna norma de tráfico con su «scooter». Una infracción menor. Sin embargo, una patrulla de la policía local de cierto municipio madrileño le dio el alto y le pidió los papeles. "¡Oh, Dios mío –pensó ella–, los dejé en casa al lavar la moto!". Y se le ocurrió darle al policía los únicos que tenía. "Señor agente –le dijo– no tengo aquí los otros, pero le doy estos nuevos para que no me multe, que son los que me obsesionan y hacen que me olvide de todo". Y le entregó los del paro, frescos, recién salidos de una oficina del INEM, de donde venía. El policía la miró, hubo un minuto de tenso silencio en el que quizás pensó que aquella joven podía ser su hija y que multar a un parado reciente era abominable y, por fin, le dijo: "Bueno, no lo haga más, pero lleve mañana los papeles de la moto a nuestras oficinas si no quiere que la multemos de verdad".
El mundial de fútbol, donde, por cierto, se da por vez primera el fenómeno de la recuperación visual de la bandera española antes proscrita por una funesta asociación con el pasado franquista, supone una especie de prórroga, de posposición, de despiste temporal de una situación dramática, creciente y socialmente peligrosa que vemos cada día a nuestro alrededor, entre nuestros amigos, entrando ya en nuestras propias familias: el paro. Ya notas que, lo que se ocultaba bajo la alfombra, va saliendo hacia fuera, como cuando la sacuden. En algunas ciudades españolas, todos los viernes, a las siete y media de la tarde, hay una concentración. Llevan ya tres o cuatro viernes. Son concentraciones unitarias, ciudadanas y silenciosas; sin la firma de ningún partido, ni sindicato y con un único lema que cuelgan en forma de pancarta de su pecho: Yo … (trabajador, autónomo, parado ….) digo Sí a la Huelga General". Yo soy de los que no cree que la Huelga General sirva para mucho, a no ser que hiciera tambalear el modelo económico. Pero estas personas, cuya única diferencia con el resto (trágica diferencia) es no disponer de un trabajo que dignifique su vida, piensan que es fundamental que sea el ciudadano quien tome la iniciativa. Que el plan de ajuste diseñado por los grandes capitales mundiales tiene como prioridades abrir las puertas a la privatización, reformar las pensiones, aumentar los años para calcular su cuantía, recortar los subsidios de desempleo, iniciar los recortes de la sanidad con el copago, etc., etc...
Cuando cada día me enfrento a mi comentario acuden a mi mente sentimientos encontrados. Pienso si es ético hacerlo con temas lúdicos, de evasión, o por el contrario, si debo hacerlo enfrentándome a la realidad cuando hay tanto drama que denunciar en el entorno. Al final, casi siempre decido escribir algo que resulte leve, relajante, que provoque una sonrisa (aunque deba acudir al uso del doble lenguaje) porque de asustar ya se encargan por sí mismos los titulares de los periódicos. Pero este tema que hoy abordo, habiéndome encontrado hace días a este grupo de parados y, observando su pesado silencio, ha visto en sus ojos a su vecino, a su padre, a su hermano, a su hijo, a sí mismo: cada uno de ellos o de nosotros podría estar ahí mañana, en el otro lado, en esa sima del paro sin aparente salida que destroza familias, ilusiones, esperanzas de vivir simplemente una vida digna. Y no referirse a ello, siquiera una vez desde estas líneas que a uno le confían, se siente como una traición al ser humano.
¿Habrá algo más en este país que parados? El modelo social y laboral europeo del Estado del Bienestar se enfrentaba hasta hace poco al americano y exhibía ante él su mayor dignidad y respeto por los derechos de los ciudadanos. Con la crisis, se ha agravado la implantación progresiva del sistema americano en Europa y España. Una economía que se jactaba de ser una gigantesca maquinaria de creación de empleo aunque, a cambio, con una disminución del precio de la fuerza de trabajo.
Ya no hay aquel ejército de reserva que predicó Marx, y por ello los salarios han bajado y los empleos que se crean son de mucha menor calidad que los destruidos, generalizándose los trabajos basura. El empleo sólo se garantiza a cambio de salarios bajos y condiciones muy flexibles. Baja el Estado providencia, aumenta el Estado caritativo, asciende el Estado penal para reprimir a quienes disienten, ésos cada vez más bajo la alfombra, en los aparcaderos de la sociedad. Eso es también el modelo americano. El que viene. Y cada vez son más quienes responden, aunque si los gobiernos de los estados que lo practican cada vez se desvinculan más de los aspectos sociales, la revuelta parece estar servida. Suele ocurrir cuando por un puñado de votos se prometen cotas inalcanzables.
Buenos días (y hoy suenan mejor que nunca porque somos Campeones del Mundo de algo que no nos hace avergonzar).
Carlos Abreu (laseretadetilo@gmail.com)
LA SERETA DE TILO
LA SERETA DE TILO 09/JUL/2010
Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,
El caso de la sentencia del Estatuto para Catalunya podría resumirse del siguiente modo: una Comunidad Autónoma aprueba una ley que modifica su Estatuto vigente. Acto seguido, las Cortes Generales, tras haberla discutido y modificado, la aprueban como ley orgánica. A continuación se celebra un referéndum de ratificación en dicha Comunidad Autónoma con resultado positivo. Sin embargo, la ley es recurrida de múltiples formas ante el Tribunal Constitucional, el cual, tras una sesuda deliberación, dicta sentencia anulando algunos preceptos e interpretando otros, que por cierto no han sido pocos. Y aquí se acabaría la historia.
Resumen: todo funcionó perfectamente. Nada que añadir. Cada institución hizo lo que debía. El Gobierno de la nación está contento. La oposición del gobierno de la nación también, y aunque se pueda decir que hay algunos perjudicados por la parte de otros partidos menores, de corte nacionalista o radical, no serían más que berrinches pasajeros que se van a desvanecer en cuanto se celebren las próximas elecciones catalanas. Punto y final.
Este paradisíaco panorama sería válido (y acaso lo es, si tomamos el asunto por el lado meramente formal) si la Comunidad Autónoma en cuestión no fuera Catalunya. Si, ante una iniciativa del calado de la preparada por el señor Maragall, no hubiera terciado el presidente del Gobierno afirmando que apoyaría la Ley de Reforma estatutaria que saliera del Parlament de Catalunya sin cambiar una coma. Si las Cortes Generales, órgano que representa la soberanía nacional, no hubiera llevado a cabo un cepillado a fondo del texto original, con base esta vez en un nuevo pacto de Zapatero con el señor Artur Mas. Si no hubiera sido ratificada la citada Ley Orgánica mediante un Referéndum en Cataluña con una menguada participación. Si no se hubiera presentado un recurso a la misma por el principal partido de la oposición objetando ciento veinticinco artículos. Si no hubiera sido objetado a su vez, y casi con el mismo tenor y similar celo, por el señor Mújica, a la sazón Defensor del Pueblo. Si, por otra parte, no hubiera sido recurrido por el señor Camps y por los responsables de otras Comunidades Autónomas. Si el Tribunal Constitucional no se hubiera tomado casi cuatro años de tiempo para acordar una sentencia, con parte de sus efectivos menguados, otros inhabilitados o fallecidos y otros en situación cesante, y todos los supervivientes porfiando por llevar el agua a sus respectivos molinos en clave que no puede ser sino también política.
La sentencia, de la que sólo se conoce hasta ahora el fallo, dará lugar a que, durante largos años, sea probablemente materia de estudio para los juristas de las facultades de Derecho y materia de examen para los estudiantes, pues como ha dicho el señor Peces Barba, “es un ejemplo que viene a consagrar la garantía institucional y jurídica de la Constitución del Estado Autonómico”. Ahí es nada. Pero por mucho que los juristas se empleen a fondo, nada ni nadie podrán evitar que la tal sentencia sea una fuente de graves y múltiples perturbaciones respecto de la estampa idílica que se quiere pintar.
Y ello no sólo porque todas las instituciones que han participado en esta odisea hayan quedado malparadas, desde el Parlament hasta el Tribunal Constitucional, principalmente éste, o porque a lo largo de su extraña y procelosa andadura el Estatut haya sido pasto de la intervención manoseadora de intereses partidistas y personales, sino porque viene a alterar, ya de un modo incorregible, la deriva del Estado hacia una estructura ingobernable, que hace irreconocible el marco que se estableció en su día en la Constitución.
Del cúmulo de errores en que se ha incurrido en este asunto, el mayor de todos es haber dado carta blanca a un tipo de reforma (a la que se apuntaron, tal vez sin llegar tan lejos, pero sí muy cerca, otras reformas estatutarias precursoras, como la valenciana, y posteriores, como la andaluza) sin haberse alcanzado previamente un pacto de Estado para dar forma definitiva al modelo autonómico, incluso, si fuera preciso, mediante la reforma de la propia Constitución. Pudo haberse hecho, pero no se hizo. De modo que a no mucho tardar veremos, por ejemplo, qué pasa con las leyes aprobadas en Catalunya con base en disposiciones estatutarias anuladas por el TC; que ocurrirá con la carrera abierta ya por el señor Camps, que más tarde o más temprano (y, por qué no, por otros territorios que bien podrían seguirle) pedirá equipararse al Estatuto de Cataluña, para así tapar sus miserias regionales y, en fin, toda una serie de acontecimientos que apuntan en la misma dirección, esto es: estirar cual goma elástica la gobernabilidad del Estado, cada cual tirando de un lado.
Y todo ello acontece en plena crisis económica. "Parieron los montes y nació un ridículo ratoncillo", se decía en la conocida fábula de Esopo, para significar el miedo infundado que se tiene en ocasiones a ciertos sucesos. Pero he aquí que no se trata de un ratoncillo, me temo, sino de un monstruo que irá engordando y engordando a medida que se vaya comiendo todo lo que encuentre a su paso.
Y los menceyes a la expectativa, por si queda alguna teta a la que agarrarse.
Buenos días y feliz fin de semana.
Carlos Abreu (laseretadetilo@gmail.com)
LA SERETA DE TILO
LA SERETA DE TILO 08/JUN/2010
Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,
Muchos probablemente achacan a la militancia el desaguisado que se ha organizado en este país, pero nada como la obediencia define hoy la vida pública española. Muchos militantes de izquierdas desconocen la existencia del Manifiesto Comunista dictado por Carl Marx y Friedrich Engels allá por 1848, pero permítanme parafrasear la primera frase que en el mismo aparece para significar que un fantasma recorre España: el fantasma de la obediencia.
Y es que, con pocas y honrosas excepciones, miles de personas que desempeñan diferentes funciones públicas han descubierto que la obsequiosidad perruna hacia quien manda -esa obediencia sin asomo de crítica, duda o discrepancia- es la garantía más segura para una fructífera carrera. Y no hablo, por supuesto, de la obediencia como obligación institucional o como lealtad debida, sino del sometimiento ciego y borreguil de quienes han aprendido la lección fundamental para seguir. Vamos, que el jefe -es decir, el que nombra o el que propone- tiene siempre la razón.
De este modo, y de nuevo con contadas excepciones, lo que, quienes mandan, esperan de ministros, consejeros autonómicos, diputados, concejales, militantes de partido y un larguísimo etcétera es que obedezcan sin rechistar, que alaben sus decisiones, que se coman todo consejo o disensión. Que rían las gracias, digan amén y no molesten con ideas. Montesquieu (y en este punto no puedo más que recordar a mi estimado oyente y amigo Luis) sostenía que los jueces eran «la boca que pronuncia la palabra de la ley». Remedando al pensador francés, la nueva teoría es que quienes ocupan un cargo deben ser la boca que pronuncia la palabra del que los ha puesto en donde están.
A tal punto ha llegado la situación, que sin esa epidemia de obediencia, que todo lo invade y lo corroe, es ya imposible entender la actuación de algunas instituciones, cuyos miembros están mucho más pendientes de agradar a quien los ha puesto en donde están y puede después recolocarlos, que de cumplir adecuadamente una función que exige plena independencia: el Tribunal Constitucional constituye hoy un trágico ejemplo de cómo la obediencia se ha convertido es nuestro país en la gran razón de Estado.
En su libro “Sobre la libertad” (“On Liberty” en su título original), de mediados del siglo XIX, concretamente publicado en 1859, el inglés John Stuart Mill explicó magistralmente que donde no hay originalidad, pensamiento crítico y, en suma, desobediencia, no hay progreso posible. “Los seres humanos no son como carneros”, decía Mill, quien consideraba las ideas diferentes “la sal de la tierra, pues sin ellas la vida humana sería una laguna estancada”. El genio “sólo puede alentar en una atmósfera de libertad”, repetía, para proclamar como resumen: “El poder de obligar a los demás a seguir a otro no solo es incompatible con la libertad, sino que corrompe también al propio hombre fuerte”.
Viniendo al presente, muchos recordarán como Alfonso Guerra advirtió un día que “quien se mueva no sale en la foto”, porque resultaba obvio que algunos se movían. Tal advertencia resulta ahora completamente innecesaria: nadie se mueve.
Por tanto, entre inmovilismo y agradecimientos varios, nos encontramos cercados por un ejército de borregos que trazan nuestro devenir. ¿Hasta cuándo van a seguir siendo obedientes?
Buenos días.
Carlos Abreu (laseretadetilo@gmail.com) << Previous 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 Next >> |
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