LA SERETA DE TILO

LA SERETA DE TILO                                          02/JUL/2010      

 

Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,

 

Resulta a veces complicado llegar a conocer con exactitud cuál es el alcance real de nuestras obligaciones. Es posible que conozcamos claramente cuáles son nuestros derechos, porque para ello ponemos nuestro empeño de forma muy eficaz. Sabemos lo que podemos exigir y en muchas ocasiones exigimos más de lo que podemos hacer. Nos llenamos la boca de derechos, pero pocas veces hacemos un serio examen acerca de si estos derechos nos corresponden, o también si los llegamos a merecer por nuestras conductas. Sin embargo, frente a esta postura por mejorar nuestros conocimientos jurídicos en el lado de lo que nos merecemos parece que nuestro cerebro elabora un complicado proceso de eliminación para desterrar de forma paralela cuáles son las obligaciones que nos corresponden. Porque parece que esa balanza que existe en nuestro mundo y que en nuestra vida equilibra derechos y obligaciones, que hace surgir los primeros para después llegar los segundos, o al revés, ganar estos últimos para poder obtener unos derechos, lo hacemos desaparecer de nuestro particular disco duro. No sabemos si de forma consciente o inconsciente.


Pero no solamente es esta una actitud muy extendida, sino que hay otra que sigue los mismos parámetros, y que está orientada a tener muy claras cuáles son las obligaciones de los demás, pero desconociendo cuáles son las nuestras. Con frecuencia somos tremendamente exigentes con las conductas y actitudes que vemos o escuchamos. Pero somos incapaces de tener la misma facilidad para observar y poner límites a las nuestras. Claro está que lo que fijamos es que si el objetivo nos interesa, el círculo de obligaciones para alcanzarlo es reducido. Pensamos que queremos llegar a aquél, pero queremos negar que para alcanzarlo puede que sea preciso haber puesto antes unos medios para conseguir esa meta.


Es la diferencia entre lo que es y lo que debe ser, y entre lo que puede y lo que debe ser. Además, por regla general tenemos dos varas de medir perfectamente delimitadas, ya que exigimos a los demás lo que no somos capaces de exigirnos a nosotros mismos. Somos muy reivindicativos con los errores de los demás. Con los de los responsables públicos, con los profesionales de cualquier actividad,…  pero no somos reflexivos acerca de cuándo somos nosotros los que nos equivocamos y somos incapaces de dar nuestro brazo a torcer y asumir un error y aceptar una observación que alguien nos hace.


El ser y el deber ser es una combinación ciertamente muy compleja en las difíciles reacciones del ser humano y más aún cuando las cosas se complican. Cuando se viven momentos delicados como los actuales. Cuando debe salir a flote toda nuestra capacidad de asumir fallos y rectificar errores para convertirlos más tarde en aciertos. Precisamente, es la obstinación uno de los grandes males del ser humano. Ese orgullo que nos pone un antifaz en nuestros ojos y que impide a nuestro cerebro activar los mecanismos de rechazo propio a lo que estamos haciendo o pensando. ¿Cómo vamos a arreglar los múltiples problemas que existen en la sociedad si muchas veces somos incapaces de reconocer que los problemas existen?


Esta máxima que esta mañana comento suele darse en todas las esferas de la vida. En la política, en los sectores profesionales, o en la vida privada de cada uno volvemos la vista atrás cuando de repente nos advierten de que el camino seguido es incorrecto, o, lo que es peor, cuando somos nosotros mismos los que llegamos a darnos cuenta del error cometido. No obstante, puede que lleguemos a pensar que nos perjudica más dar marcha atrás y empezar de nuevo, que intentar rectificar el error, el comentario o la acción que acabamos de cometer. Preferimos mantenernos en nuestras tesis aunque seamos conscientes de que son equivocadas. Y más aún cuando alguien nos advierte del error. Y más aún todavía cuando quien nos lo hace es persona no grata para nosotros y con la que podemos estar en posicionamientos opuestos. Aquí es ya cuando nos sale la vena realmente opositora y bajo ningún concepto echamos marcha atrás. Lo mantenemos a costa de lo que sea. Hasta incluso, a costa de que nos acaben sacando los colores si se nos demuestra con pruebas que estábamos equivocados.


Fue William Shakespeare el que dijo aquello de “Ser o no ser”, pero es ahora cuando esta máxima se extiende a otra de mayor calado, como la del Ser y deber ser. Esta es realmente la cuestión. Lo que hay en nuestra sociedad y lo que deberíamos hacer para darle un giro radical para mejorarla: Ser y deber ser.  ¡ That is the question !

 

Buenos días y feliz fin de semana.

Carlos Abreu    (laseretadetilo@gmail.com)

Publicado el 02 Jul 2010
LA SERETA DE TILO

LA SERETA DE TILO                                                    01/JUL/2010

 

Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,

 

 

Eso del G-20 no ha resultado más que un invento de los gobiernos de los países que más mandan (G-7, G-8, G-9) que vieron que el mundo estaba cambiando. Había dejado de existir la Unión Soviética, pero surgían "países emergentes", y ello conllevaba que así ya no había modo de responder a los intereses de sus respectivas elites.

 

Así que invitaron a unos cuantos gobiernos (los criterios que se siguieron resultan desconocidos) y montaron este costoso invento que acaba de reunirse en Toronto.


No hay que preocuparse mucho de sus decisiones. Las que tomaron en su 1ª Cumbre (Washington, 2008) fueron trasgredidas por 17 de los gobiernos firmantes. A pesar de ello, esta vez resultaba curioso que el gobierno de los Estados Unidos llevase en la agenda la defensa de políticas de estímulo, mientras que los de la Unión Europea fuesen dispuestos a sacar acuerdos en la línea de la austeridad y los recortes. Es decir, más déficit frente a menos déficit. Y en este punto intentaré exponérselos:


La primera explicación es sencilla: los economistas de cabecera (esos que, "en un par de tardes" explican a los gobernantes la diferencia entre Producto Interior Bruto y Producto Nacional Bruto) no se ponen de acuerdo en qué hay que hacer para superar la crisis global. Y si los economistas no se ponen de acuerdo, tampoco sus pupilos. Demasiado fácil.


La segunda explicación es que todo gobernante que va al G-20 lo hace pensando, no en el problema común, sino en el problema electoral de cada cual y tiene que llevar propuestas "vendibles" -o ya vendidas-  a sus respectivos electorados. Esta explicación resulta todavía más sencilla.


La tercera, unida a la anterior, es que las políticas no se plantean para resolver problemas, sino para satisfacer intereses y ya no sólo electorales. Pongamos que en la Comunidad Canaria se hubiese promovido una política para fomentar la inversión canaria en el extranjero. Se podría haber "vendido" como una forma de favorecer la presencia canaria en el mundo. En cambio, podría haber sido una política para responder a los intereses de algunas empresas (votantes o soportes financieros del partido gobernante) a costa de reducir el empleo canario, ya que esa inversión se detraería de la que se podría haber producido en Canarias. Pues lo mismo. Y ahí sí que empiezo a encontrar explicaciones. Porque, tal vez, la explicación que hay que buscar es la de quién puede hacer qué.

 

Los Estados Unidos pueden permitirse el lujo de políticas de estímulo que pueden ser financiadas mediante el peculiar papel que el dólar juega en el sistema financiero internacional y más después de esta su última victoria contra el posible competidor, el euro, y con los cambios que se perciben en la moneda china. Es una explicación aparentemente económica pero, en realidad, es geopolítica: lo que está en discusión, además de cómo salir de ésta, es qué estructura de poder, qué "orden de picoteo" va a resultar de esta debacle.


En la Crisis del 29, y que se extendió hasta la conclusión de la II Guerra Mundial, el "orden de picoteo", el saber quién manda sobre quién y, sobre todo, el saber quién manda más que nadie, quedó claro. Se trataba de ver quién podía imponer unas reglas del juego que fuesen lo más acordes posible con los intereses de las respectivas elites. Ganó Estados Unidos frente a Inglaterra. Ahora, el grupo de países denominado los BRIC, es decir, Brasil, Rusia, India y China  (pero también Turquía y, a pesar de su enorme desigualdad interna, Sudáfrica), son los que pueden marcar la pauta a seguir.


Muchas dudas parecen quedar en el aire sobre qué significa exactamente lo sucedido en Toronto. Pero hay una cosa que sí me queda clara y es el carácter poco democrático del evento. Primero, porque nadie, desde abajo, ha elegido a los participantes, que han sido nombrados "desde arriba" (por qué Corea del Sur y no Irán, por ejemplo; no será por democracia, ya que está la Arabia Saudita que cuenta con un régimen pre-feudal). Segundo, porque los chalaneos para llegar a un acuerdo (que después, como digo, es probable que sea incumplido) han debido ser frecuentes ("te cambio 10 soldados en Afganistán porque retires el segundo punto de tu propuesta" o así). Tercero, porque no nos han preguntado qué queríamos. Y cuarto, porque si me hubiesen preguntado, tampoco yo habría sabido cuál hubiera sido mi voto y, supongo, que lo mismo habría sucedido con muchos ciudadanos. Sólo que aquí, no ha valido el criterio seguido con "la roja" (la nuestra), sino que, de nuevo, los asuntos locales han mandado sobre cualquier otro.

 

En resumen: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

 

Cosas verede, Sancho, que diría el Ingenioso Hidalgo D. Quijote.

 

Buenos días.

Carlos Abreu   (laseretadetilo@gmail.com)

Publicado el 01 Jul 2010
LA SERETA DE TILO

LA SERETA DE TILO                                      30/JUN/2010

 

Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,

 

Ya en mi comentario de ayer les adelantaba mis primeras impresiones de lo que, probablemente, marque un hito de uno de los períodos más obscuros de nuestro aún incipiente Monarquía parlamentaria.

 

Tras cuatro años el Tribunal Constitucional, por fin, se ha dignado a emitir su sentencia sobre el Estatut catalán. En realidad, tampoco es que corriera demasiada prisa. Al fin y al cabo, antes incluso de que sus señorías llegaran al acuerdo, ya se sabían cuáles iban a ser las reacciones.


Nadie dudaba de que el PP, promotor de la inconstitucional del texto, iba a mostrar su displicencia a nada que el alto tribunal le diera la razón. Por su parte, el PSOE, sabiendo que era imposible que tumbaran los más de centenar y medio de artículos recurridos, también se sabría triunfador al poder recurrir a lo de la victoria pírrica de los populares.


¿Y lo catalanes?  Pues eso, quejándose amargamente de que no puedan fijar por ley lo que el Estado les tiene que dar de los presupuestos, ni blindar sus recursos hídricos, ni tan siquiera crear su propio sistema judicial.


Montilla, presidente de la Generalitat y andaluz él, ya ha convocado una multitudinaria manifestación para repudiar la castración de su texto y CiU se ha apresurado a sumarse a la iniciativa (no hay que olvidar que las elecciones en Cataluña están a la vuelta de la esquina) y ello conducirá a que habrá que replantearse las relaciones entre Catalunya y España.


Por su parte, la Esquerra que antes era de Carod y ahora ya no se sabe; ésa que pidió que no se apoyara el Estatut, también llama a las barricadas. Ya se sabe que el nacionalismo siempre fue de grandilocuentes declaraciones.


Mientras, el resto de los españoles se encoge de hombros ante algo que no termina de comprender y se sorprende de que todos esos diputados que apoyaron un texto tan claramente inconstitucional todavía estén ocupando sus escaños. Aunque, en realidad, el primero que tendría que irse para casa es Rodríguez Zapatero. Él es el auténtico responsable de este desaguisado. Fue él quien, para acallar el problema que tenía con el PSC, aseguró que no se tocaría una coma del texto que aprobara el Parlament.


Al final habrá que modificar páginas y páginas, porque la locura secesionista no consiguió seducir a los magistrados del Constitucional.

 

Tanto tiempo y tanto dinero invertidos, para haber desbancado a CiU en las Autonómicas de hace cuatro años con el propósito de llevar a cabo multitud de trapicheos e intentar poder mostrar un argumento a los díscolos del País Vasco que les condujera a acallar las reivindicaciones abertzales. ¿ Y ahora ?  Parece que el descontento de los secesionistas catalanes puede acabar con el sueño de marcar el camino a los separatistas vascos. Tu juego puede conducirnos a que hayas podido prender la mecha otra vez y entonces pasarás a la historia como aquel pirómano con aires de grandeza o como, sencillamente, el bombero torero.

 

José Luis, para este viaje no necesitabas estas alforjas, simplemente tenías que haber sido respetuoso con el orden constitucional que nos dimos en 1978, cuando tú igual que yo, éramos aún jóvenes, aunque me temo que tú bastante más imberbe que yo; de hecho lo sigues siendo.

 

Buenos días.

Carlos Abreu    (laseretadetilo@gmail.com)

 

Publicado el 30 Jun 2010
LA SERETA DE TILO

LA SERETA DE TILO                                              29/JUN/2010

 

Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerfe,

 

No sé si el fútbol nos deparará algún hito histórico en esta edición de la Copa Mundial, pero lo que sí parece obvio es que este Gobierno de malandrines está aprovechando la coyuntura para colarnos por la escuadra algunos  goles que demandarían ser vistos a través de la moviola en más de un par de ocasiones. La pretendida Reforma Laboral, la inminente subida del IVA y para colmar nuestra paciencia ciudadana la aprobación, tras cuatro años de dimes y diretes, del Estatut catalán. No renegaré jamás de mis orígenes, pero como ciudadano de un país denominado España y del que juré su bandera en mis años mozos, exijo ser convocado a las urnas para declarar mi más absoluto desacuerdo con la medida y mi no intención de seguir costeando con mi esfuerzo y mi dinero a esta nación de nuevo cuño.

 

La necedad de un Gobierno desacreditado nos ha conducido a un callejón sin salida del que dudo mucho que seamos capaces de salir. ¿ Las consecuencias ?  Sólo el tiempo las dictará, pero no parecen decisiones de la que debamos sentirnos orgullosos.

 

Estamos metidos en un líquido burbujeante, en una inmensa caldera hirviente que produce burbujas sin parar: inmobiliarias, financieras, bancarias, crediticias, especulativas, las cuales estallan de vez en cuanto provocando ruina. Concedemos poca atención, sin embargo, a una de las más grandes burbujas que hemos sido capaces de crear y que nadie se atreve a pinchar: la burbuja jurídica, es decir, la proliferación de normas, regulaciones, leyes, resoluciones y, en general, todo lo relativo a esa segunda piel que recubre el acontecer social con la unción del Derecho.


Si hay algo que sirve para identificar el galimatías en que se han convertido las sociedades actuales es el exceso de regulación jurídica. Como todo exceso, o hiperinflación, la consecuencia primera es la devaluación del valor del Derecho, de igual manera que un exceso de moneda en circulación devalúa el precio del dinero. Miles, cientos de miles, millones tal vez de normas de todo tipo y condición se arrojan al espacio social con la furia de volcanes en erupción.


Contar y pesar las regulaciones existentes en un Estado como el español nos llevaría meses. Leer y entender lo que dicen nos llevaría toda una vida y nos faltaría tiempo. No obstante ello, lejos de aflojar el ritmo de ese frenesí, por las bocas abiertas de las asambleas que legislan y de otras autoridades, fluye incesantemente una masa gelatinosa de normas y preceptos, medidas y prohibiciones, hasta llegar a la asfixia.


Tácito dijo que “el exceso de leyes corrompe la República”, pero no sólo eso. Se podría añadir, que la marabunta legal que nos rodea abona el terreno para que la corrupción pública y privada se expanda en todas direcciones, rebasando las fronteras del Estado.


Se dirá que este paisaje preñado de regulaciones, que casi hay que ir apartando con el pie, se corresponde con una forma compleja de Estado que, a su vez, se reviste (quizás se oculta) con una capa gruesa de normas que vienen a concretar los valores, principios y derechos por los cuales el Estado se legitima. Y así es ciertamente, o debería ser. Pero se olvida que tal situación, próxima al caos, lejos de servir de garantía de derechos e instituciones, es la jungla propicia para que los grandes predadores se salgan con la suya. Dicho de otro modo: un exceso de regulación es una forma de desregulación.


No nos paramos a pensar en las consecuencias de este tumor, entre las cuales cabe destacar la ineficacia que resulta del funcionamiento del sistema, así como la inseguridad que éste genera, por no extendernos en la perplejidad que causa en el ciudadano de a pie. Se comprenden así las vacilaciones de los tribunales al tener que operar con un rompecabezas de disposiciones que, más que a una pirámide de normas ordenadas en perfecta geometría, se asemeja a esas ciudades oníricas y decadentes, pintadas por Paul Klee, en las que se mezclan elementos dispares, espacios ruinosos y laberínticos, escaleras abortadas, muros imposibles, techos agujereados y pasillos olvidados que no van a ninguna parte.


La esfera jurídica -como se suele denominar a este enjambre sin reina- se ha convertido con el tiempo en una gran burbuja donde los diferentes poderes viven aislados del mundo real.


Por una parte, hay una amalgama de medidas, reglamentos, distinciones, prohibiciones, especificaciones, estatutos y regulaciones del más diverso tenor que comprimen hasta la extenuación todos los aspectos de la vida, desde la doméstica hasta la laboral; todas las actividades, desde las lúdicas hasta las profesionales, así como la sexualidad y el amor, los desplazamientos, los placeres, la formación, el trabajo, la marcha de las empresas, de las familias y el cuidado de los hijos. Por otra, sin embargo, lo que de verdad debería regularse no se hace, de modo que quedan libres de este vínculo los que, en abuso de su libertad, provocan las otras burbujas anteriormente citadas que, al estallar, arruinan el porvenir.


Parece una contradicción pero está muy claro, aunque si nos atenemos a nuestra realidad no queda más remedio que citar aquello de que “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. Sólo restaría elevar una plegaria para que algún poder sobrenatural acabara con esta plaga de una vez por todas.

 

Buenos días.

Carlos Abreu    (laseretadetilo@gmail.com)

Publicado el 29 Jun 2010
LA SERETA DE TILO

LA SERETA DE TILO                                           28/JUN/2010

 

Buenos días oyentes de esRadio Pulso Tenerife,

 

Finaliza el plazo para hacer frente a nuestras obligaciones impositivas como cada ejercicio. Creo en el sistema impositivo que tenemos, sin embargo se pueda mejorar. No obstante ello, sigo teniendo la sensación de que el Estado me atraca, pero mi visita a un hospital, o mi recorrido por una autovía me hace partícipe de la necesidad de que los impuestos los pagamos todos y son para todos. Yo, por eso, no me pongo de malhumor ante el hecho de compartir mis ganancias con las de los demás.


Tenemos el mejor sistema sanitario del mundo (o por lo menos de eso presumimos) y por ello, la tranquilidad con la que uno se aproxima a un hospital, es clara. Tenemos una enseñanza pública universal, aunque ésta no sea la mejor. No por falta de medios, los hay tan buenos como en la Sanidad, sino por el modelo. Disponemos de una más que aceptable red de carreteras que nos ha puesto al nivel de Europa, cuando hasta hace pocos lustros estábamos muy atrasados. Y el AVE será una realidad en un próximo futuro para muchas ciudades de nuestro país. Conectando España con España, que es lo que nos faltaba. También da gusto pasear por los nuevos aeropuertos, que ya quisieran algunos países europeos.


Y todo eso se ha hecho administrando los impuestos que pagamos los españoles. No ha caído del cielo. Se puede administrar mejor, y posiblemente tendríamos más cosas, pero el resultado final de nuestra contribución a la "caja común" es una España más habitable y cómoda. Mejor país, en suma.


Pero hay modelos impositivos a estudiar para cambiar de dónde vienen los impuestos al Estado. Estoy de acuerdo que el que más gane más pague, pero cobrar impuestos por trabajar más no significa no poner límites a ese impuesto. Es decir, creo que el 35% debiera ser el máximo con el que se contribuyese al fisco por rendimientos de trabajo. También creo que ahorrar debiera ser bonificado en la Declaración. Un país que tiene la cultura del ahorro, es un país de futuro, y eso significa beneficiar a aquellos que guardan más que gastan. Estoy a favor de la tasa a las entidades financieras por operaciones y por gestión. Y ahí sí, creo que al igual que a las personas que trabajan más debieran pagar hasta un límite, a las entidades financieras, se les puede gravar hasta el 50% de sus beneficios. ¿No cobran acaso los bancos hasta un 35% de usura por impagos?


Creo que las pequeñas y medianas empresas, y especialmente los autónomos, tendrían que tener un régimen especial, principalmente en los primeros años de trabajo. Comenzar una empresa es un reto que necesita de todos los recursos. No se puede pagar igual al principio que cuando el proyecto está consolidado. Y estoy pensando en los jóvenes que se lanzan a montar una empresa. Necesitan de toda la ayuda posible. Hasta el mismísimo Felipe González ha abogado por los empresarios. Y ha unido sueldo a productividad. Que ganen más los más productivos. Que paguen más los más "currantes", pero sin desincentivar el esfuerzo. No puede ser igual trabajar más y mejor, que hacerlo de manera deshonesta para la empresa y para la sociedad.


Pagar impuestos es necesario y bueno para la sociedad. Cuanto más avanzada y democrática es la sociedad, más responsabilidad por parte de sus ciudadanos en el pago de impuestos. Pero yo soy de los que piensan que se ha de penalizar más el consumo que el trabajo. Es un modelo. Se bajan los impuestos vía renta de los trabajadores -hasta un máximo del 35%- y se incrementan los impuestos indirectos fruto del gasto corriente. Es más normal, para mí, pagar más por una cena en un restaurante que por trabajar más. Trabajar más me puede dar más disponibilidad de efectivo, y yo puedo elegir, una vez he pagado mi IRPF, entre gastar en coches, fiestas, ropa, ahorrar, invertir en casas, etc. Y es en ese momento donde el esfuerzo impositivo debe ser mayor. Y distinto según la actividad. No puede ser igual invertir en una casa que en un coche de lujo. Por eso los impuestos deben de ser distintos. Y no pasa nada. De la misma manera que pagamos más por cenar en un restaurante bueno que en un “fast food”. De la misma manera que pagamos más por comprar un pantalón de marca que uno de los chinos. Bueno, aunque ahora todos son de los chinos, los buenos y los malos.


Resumiendo, pagar impuestos significa tener mejores prestaciones sociales (siempre y cuando los políticos administren bien los "dineros"), pero mejor pagar más vía consumo, que vía rendimiento del trabajo.

 

Buenos días.

Carlos Abreu    (laseretadetilo@gmail.com)

Publicado el 28 Jun 2010

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